Deceso de diputado Álvarez-Salamanca
Crónica de una muerte no anunciada
Pese a la aparente monotonía con la que suelen caracterizarse las jornadas en el edificio del Congreso Nacional, ubicado en la porteña ciudad de Valparaíso, la mañana del día miércoles 10 de septiembre vino a romper la calma que a menudo se respira en dichas dependencias.
El fallecimiento del diputado Álvarez-Salamanca ha traído consigo evidente consternación y, al mismo tiempo, cierta inquietud de parte de los distintos parlamentarios que cada mañana acuden al edificio ubicado en la intersección de las avenidas Pedro Montt y Argentina.
Conversaciones de pasillo, abrazos y apretones de mano comienzan a manifestarse de manera desinteresada entre las distintas personas que a esa hora comienzan a atiborrar la cámara de diputados.
El desorden es colectivo; pocos saben cual es el protocolo que se debe seguir en situaciones como estas, más aún cuando aún no se debela por completo la causa de muerte del diputado por Talca y, lo que es peor aún, cuando se desconoce el momento en que los restos del occiso serán entregados por el Servicio Médico Legal, luego de la respectiva autopsia de rigor.
De un momento a otro, y como una suerte de avalancha que irrumpe sorpresivamente en el lugar, comienzan a verse los primeros medios de comunicación, los cuales rápidamente se agolpan en una especie de hall, esperando el momento en que el ataúd llegue y, junto con ello, se comience una homilía que ruegue por el eterno descanso del malogrado parlamentario.
Tras una larga espera, el cortejo fúnebre llega hasta el frontis del edificio. Inmediatamente, el numeroso grupo de periodistas, camarógrafos y reporteros gráficos que por largos minutos trató de capear el aburrimiento a punta de cigarrillos y uno que otro intercambio de palabras, se abalanza sobre una alicaída esposa que aún no entiende lo que en realidad pasa y que sólo encuentra consuelo en la compañía de sus hijos, igualmente afectados.
Lo demás ocurre rápido; el responso que dificultosa e improvisadamente fue ideado comienza. Todos guardan silencio, menos los fotógrafos que con sus ruidosos obturadores capturan, cual animal a su presa, aquellos momentos dolorosos e imborrables que de seguro todos miramos muy de lejos y que mañana estarán religiosamente publicados en los distintos diarios de circulación nacional.
La misericordia del párroco es ofrendada en nombre de Dios, sin embargo, no es suficiente para calmar el dolor de una esposa que a medida que pasan los minutos comienza a tomarle el peso a algo que es irreversible, la muerte.
Crónica de una muerte no anunciada
Pese a la aparente monotonía con la que suelen caracterizarse las jornadas en el edificio del Congreso Nacional, ubicado en la porteña ciudad de Valparaíso, la mañana del día miércoles 10 de septiembre vino a romper la calma que a menudo se respira en dichas dependencias.
El fallecimiento del diputado Álvarez-Salamanca ha traído consigo evidente consternación y, al mismo tiempo, cierta inquietud de parte de los distintos parlamentarios que cada mañana acuden al edificio ubicado en la intersección de las avenidas Pedro Montt y Argentina.
Conversaciones de pasillo, abrazos y apretones de mano comienzan a manifestarse de manera desinteresada entre las distintas personas que a esa hora comienzan a atiborrar la cámara de diputados.
El desorden es colectivo; pocos saben cual es el protocolo que se debe seguir en situaciones como estas, más aún cuando aún no se debela por completo la causa de muerte del diputado por Talca y, lo que es peor aún, cuando se desconoce el momento en que los restos del occiso serán entregados por el Servicio Médico Legal, luego de la respectiva autopsia de rigor.
De un momento a otro, y como una suerte de avalancha que irrumpe sorpresivamente en el lugar, comienzan a verse los primeros medios de comunicación, los cuales rápidamente se agolpan en una especie de hall, esperando el momento en que el ataúd llegue y, junto con ello, se comience una homilía que ruegue por el eterno descanso del malogrado parlamentario.
Tras una larga espera, el cortejo fúnebre llega hasta el frontis del edificio. Inmediatamente, el numeroso grupo de periodistas, camarógrafos y reporteros gráficos que por largos minutos trató de capear el aburrimiento a punta de cigarrillos y uno que otro intercambio de palabras, se abalanza sobre una alicaída esposa que aún no entiende lo que en realidad pasa y que sólo encuentra consuelo en la compañía de sus hijos, igualmente afectados.
Lo demás ocurre rápido; el responso que dificultosa e improvisadamente fue ideado comienza. Todos guardan silencio, menos los fotógrafos que con sus ruidosos obturadores capturan, cual animal a su presa, aquellos momentos dolorosos e imborrables que de seguro todos miramos muy de lejos y que mañana estarán religiosamente publicados en los distintos diarios de circulación nacional.
La misericordia del párroco es ofrendada en nombre de Dios, sin embargo, no es suficiente para calmar el dolor de una esposa que a medida que pasan los minutos comienza a tomarle el peso a algo que es irreversible, la muerte.

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